En un mundo que avanza a pasos agigantados, el racismo, por desgracia, sigue estando de indudable actualidad. Resulta increíble que países que presumen de una democracia consolidada, avances tecnológicos vertiginosos y políticas sociales vanguardistas, sigan sufriendo brotes de racismo típico de otras épocas, frecuentes en civilizaciones atrasadas y más propias de películas de ficción. No es un fenómeno asociado a culturas subdesarrolladas. La realidad demuestra que en la sociedad actual y en países europeos, entre ellos España, hay ejemplos evidentes de discriminación y comportamientos incívicos simplemente por el color de la piel de un ciudadano. El deporte en general y el fútbol en particular no es ajeno a esta tesitura. Lo que en un principio parece una anécdota aislada y excepcional se puede convertir en un fenómeno peligroso que hay que frenar de raíz.
Lo peor del racismo en el fútbol es que ese caudal de agresiones verbales o físicas contribuye poderosamente a engrasar la máquina que hace que funcione bien el inmenso capital de la violencia simbólica. Algo que hace que esas situaciones indeseables se conviertan en signos sociales necesitados de una adecuada sanción para lograr un oportuno efecto que sea útil ante el conjunto de la sociedad y especialmente ante los aficionados y en particular a los niños y los más jóvenes.
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